Necesaria una izquierda social y democrática / Jesús Zambrano

Fuente: El Universal




Las pasadas campañas y elecciones evidenciaron la ruptura de viejos
paradigmas políticos y replantearon los alineamientos programáticos y
esquemas de toma de decisiones en el conjunto de los actores fundamentales de la vida nacional.

Particularmente zarandeó a la izquierda mexicana en sus valoraciones,
estrategias y definiciones de línea política, y dejaron una gran
confusión acerca del concepto de “izquierda” como uno de los saldos más
preocupantes y urgentes de atender.

El Partido de la Revolución Democrática, principal instituto político
que tradicionalmente había participado en elecciones presidenciales con
fuerzas identificadas con el espectro de izquierda como el Partido del
Trabajo (PT) y Movimiento Ciudadano (MC), ahora fue en coalición con
Acción Nacional y MC; mientras que Morena, autodenominada —y a la postre
vista por la mayoría del electorado— como la “izquierda verdadera” se
alió con el PT y Encuentro Social, partido de corte religioso y
claramente de derecha conservadora.

¿Qué coalición electoral representaba, entonces, la verdadera opción de
izquierda? Una mayoría social piensa que por primera vez ganó la
izquierda en México, y en el PRD no pocos suponen que el de AMLO será
“un gobierno de izquierda”.

En colaboraciones anteriores en este espacio he argumentado que no es
así, que el de AMLO no será un gobierno de izquierda, ya que una real
“cuarta transformación” —ahora sí de izquierda— significaría enfrentar
institucionalmente a los poderes fácticos, separar al poder político del
económico, dejar atrás el presidencialismo, admitir un verdadero
equilibrio institucional de poderes, y democratizar el poder público con
una mayor participación de la sociedad; ampliar los derechos de las
mujeres y de la diversidad sexual; impulsar una profunda reforma fiscal
para que paguen más los que más ganan y que haya mayores recursos para
educación, salud e infraestructura, así como una mejor distribución en
las participaciones para estados y municipios, y no gastar el
presupuesto que no se tiene en programas clientelares.

En suma: una modificación sustancial de las relaciones de poder.

Nada de eso está en la agenda del próximo gobierno, sino la
concentración del poder en el presidente, así como simulación de
ejercicios democráticos tipo “consulta popular”. Y dado que no saben
cómo enfrentar la crisis de violencia ni quieren combatir a fondo la
corrupción con un fiscal autónomo, y porque creen que con imponer una
“Constitución Moral” se resolverán los problemas, entonces estamos ante
el riesgo de que el país caiga en un pantano de consecuencias desastrosas.

Por eso no es tiempo de resignación ni de pesimismo paralizante.

Quienes hemos militado toda la vida en la izquierda, así como
importantes sectores de la intelectualidad, la academia, y dirigentes
políticos y sociales que compartimos estas preocupaciones, estamos
obligados a conformar un polo de izquierda progresista, social y
político, con profundo compromiso social, para actuar con urgentes
iniciativas, y conformarnos como un contrapeso y opción ante los excesos
del presidencialismo; ante la decepción de muchos electores, que ya está
en curso.

Conscientes de que el PRD cerró un ciclo de su vida, en días pasados se
creó una Comisión de Diálogo integrada por los principales dirigentes
del partido, con el propósito de buscar acercamientos con fuerzas
externas y avanzar hacia un nuevo modelo partidario, un nuevo programa y
una línea política acorde con la nueva realidad.

No faltaron quienes de inmediato salieron a decir que era más de lo
mismo, que aunque se cambiara el nombre, la gente no confiaría, y que el
destino de esa decisión era el fracaso. O sea, “la nueva muerte” del
partido.

En realidad, la crisis que vive el PRD no admitiría una transformación
que no significara un salto hacia adelante, que derive en algo distinto
y superior.

El gatopardismo y el auto engaño serían, ahora sí, mortales para este
partido.

Con esa decisión se pretende empezar un nuevo ciclo de redefinición de
la izquierda mexicana, que surja de la síntesis de lo más avanzado del
pensamiento progresista y de izquierda democrática y social, con una
dirección que represente esta suma de voluntades. La necesidad crea el
instrumento y ante ese reto estamos situados.